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El Síndrome de Hello Kitty
Hace unos meses murió José Saramago. En todos los obituarios que leí en Internet, en ninguno encontré la gran razón por la que creo que debería ser recordado: su férreo pesimismo.
Saramago siempre dejaba caer la idea de que todos los seres humanos somos, fundamentalmente, mezquinos, egoístas y calculadores. Sí, también existen personas que se entregan por los demás, capaces de sacrificarse por el bien común, pero él siempre dejaba claro que esos, son la minoría.
A partir de esta omisión, me puse a pensar por qué todo el mundo se olvidó de ese dato. Y ahí me di cuenta de que la muerte nos vuelve Hello Kitty. Cualquier hecho de tu biografía que sea remotamente considerado como reprobable, cuestionable o no apto para todo público será eliminado o levemente mencionado. Supongo que es porque nos dan miedo los cadáveres. O porque en el cielo no hay teléfono de aludidos y no podemos subir un par de puntos de share con el muerto defendiéndose en directo en prime time.
Algunos ejemplos del síndrome de Hello Kitty: Michael Jackson, pedófilo acabado, muere y recupera su corona de Rey del Pop. Gary Coleman: actor de clase Z, carne de reality, vuelve a ser el niño adorable que repite para nuestro deleite y hasta el infinito “¿De qué estás hablando, Willis?” Estoy segura de que cuando muera Carmen de Mairena, la recordarán, no como la friki que ha sido toda su vida, sino como: “actriz, cantante y tenaz defensora de los derechos de los transexuales catalanes.”
La muerte redime y eso (y no lo de ir a las nubes con San Pedro) es lo que pasa cuando te mueres. Finalmente, llega la redención. Se te absuelve y se te recuerda como la buena persona que, con mayor o menos éxito, intentaste ser. Lo que prueba que Saramago tenía razón y sólo somos capaces de perdonar de verdad cuando eso ya no sirve para nada.