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El juego de tu vida
Por una extraña alineación de planetas, mi misión en el curro estos días es visionar concursos de televisión. A estas alturas, ya conozco casi todos los que se han creado en casi cualquier parte del mundo de 1950 hasta ahora. Sí, ocho horas en You Tube dan para mucho.
Pero más allá de lo obvio, (que todos los concursos son lo mismo, vestido de diferente manera) noté una tendencia de lo más interesante. En los concursos, siempre hay dos tipos de mujeres: las azafatas (que llevan tacones) y las que concursan (y llevan zapatillas).
Están las ultraguapas, berlusconiescas tías con faldas cortísimas que acarician el televisor o el coche que ganaremos, y por otro lado están las que concursan para tener el premio, las que tienen que currárselo, porque no tienen las piernas tan largas, o la falda tan corta, pero quieren ganar.
Lo interesante es que ninguno de los dos tipos de mujeres tiene poder. Las amenazas de cada uno son rápidamente desactivadas. Las azafatas son puestas al mismo nivel que un premio, son claros objetos de deseo, atractivas, pero… no hablan. Se da por sentado que son “tontas”. Se presentan como guapas, sumisas y dominables. Bien.
Las concursantes se visten con una de las ropas menos halagadoras del mundo: chándal (o ropa de calle). No son objetos de deseo y, por eso, pueden hablar. Ellas, para triunfar, se lo van a tener que currar, cumpliendo al pie de la letra las reglas que dicte el presentador. Pueden ser inteligentes, pero todos sabemos que ese poder no es subversivo ni atractivo si no viene en un envoltorio pilarubiesco.
Esta dicotomía es evidentísima en este vídeo. Las concursantes se quejan de que están vestidas de forma ridícula, que quieren vestirse como las azafatas y el presentador les dice que “después les quitaremos la ropa a estas y os la daremos a vosotras”. La pena es que todos sabemos que eso nunca será verdad.